Te equivocaste al decir que vivo en un barrio "de mierda".
Te equivocabas cuando mirabas de soslayo las grietas de las paredes de mi casa, apartando al perro con disimulo, ajeno a la algarabía que entraba por la ventana abierta.
Alguien gritó mi nombre con emoción desde la calle,
y cuando me asomé a saludar, reconocí en tu rostro un gesto de reprobación amarillo.
Seguías equivocándote.
Una vez más.
Fuímos entonces a comer a un viejo mesón a pocas calles de la mía, y comprobé con tristeza que nada había cambiado.
Ni una leve sonrisa.
Ni una mirada cómplice.
Ni el más mínimo intento de comprenderme.
De reconocerme.
En los callejones de cuestas imposibles y aceras empedradas por las que transitamos aquella tarde de primavera tardía.
En la plaza, donde nos sentamos a descansar, mientras un grupo improvisado de senegaleses se dejaban la morriña y las manos en sus tambores de piel de pez.
En la cafetería donde tantas veces te esperé sin saberlo.
Te asustaban las mujeres de color que vestían trajes bordados.
La banda de chinos que apuraba el té de media tarde antes de volver al trabajo.
La marabunta de niños que correteaba con extremada precaución entre visitantes y residentes, musitando el nombre de Aláh.
El color chillón de los edificios a punto de romperse.
El pelo hecho rastas de los camareros.
La cadencia, inoportuna para ti, de señoras mayores sudamericanas, contoneando la cadera sin reparos.
¿ Cómo hacerte entender que los grandes sucesos dependen de incidentes pequeños ?
Volvías a equivocarte.
La noche llegó casi por sorpresa, y las calles se llenaron de ruido y maullidos de gato.
Ensordeciste tu lengua, y apuraste con rapidez de mosquito la cerveza que un pakistaní nos había invitado a probar.
Te despediste deprisa.
Sin demasiados aspavientos.
Hambriento en tu búsqueda de vacuidad.
Hoy vives en tu burbuja de ventanales relucientes, contemplando a lo lejos la ciudad dormida.
La misma que ahora te reclama.
La que, amablemente, te invitó a abandonarla algunas noches después.
He salido a comer a una terraza.
El sol, tímido y persistente, susurraba piropos altaneros a las hojas de los árboles, que casi de inmediato, comenzaban a enverdecerse del rubor.
Una banda de individuos del Este amenizaba la velada con sonidos que recordaban al gran Kusturica.
Gente paseando.
Sonriendo.
Silbando.
Resistiendo.
Ajenos a ti y a tu tristeza gris.
Te equivocaste al pensar que no era.
Que nunca podría ser feliz en un lugar como éste.
Me equivocaba yo al querer convidarte a mi vida.
Tira, tira, corazón,
que aunque tú no lo entiendas,
el que gusto da,
placer se lleva.

5 comentarios:
Ése tío era tonto, se está perdiendo la mitad de la vida, no sabe apreciarla.
al parecer uno camina.....solo.
observar disfrutar, celebrar que estamos , para poder contarlo...eso es lo importante.... me encanta que estes como decirlo que tengas vision de los hechos y estes caminando cada vez mas adelante sin mochilas que pesen.....
te quiero.....mas que ayer.
agos
"Y cuando se revela una sura, se miran unos a otros: "¿Os ve alguien?" Luego, se van. Alá ha desviado sus corazones, porque son gente que no entiende. "
(El Corán)
el barrio cuesta, indudable, hasta llegar a parecer desesperante, y, de repente, un día descubres la belleza de lo que te rodea, y hasta las grietas tienen su encanto, no te vayas muy lejos de aqui vecino, ok?
todos los lugares son bellos, solo hay que saber encontrarse a uno mismo y mirar a su alrrededor,mirar quien está a nuestro lado, entonces, hasta lo más horrible se torna de colores y cambia nuestra mirada, ......todo es bonito, solo que hay que saber encontralo. y quien no lo vea es porque está en un punto equivocado.
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