miércoles, mayo 23, 2007


Frida tiene frío, y no sabe por qué. Le tiembla el pulso cuando recuerda en silencio aquella noche de primavera tardía en que ella le desbarató las sábanas y el alma. A partes iguales.
Chavela, entre tanto, la inventa desde lejos, a oscuras, paladeando con destreza el sabor agridulce con el que le trazó el río invisible que ahora brota de su pelvis. Y suspira. A borbotones.
No sabían ellas del color negro con que se tiñen las noches en blanco. Y acordaron no despertar. Que no es más que evitar quedarse dormidas, al fin y al cabo.
Chavela escruta, examina, clasifica y pone apellido a las estrellas, que la observan a su vez, inventándole nombres que la llamen. Sílabas asimétricas, escuálidas, esponjosas, desvalídas y rimbombantes que Frida va conformando desde este otro lado del océano, a siglos luz de la órbita celeste de sus caderas.
Y se suceden los minutos en el minutero de sus relojes. Tic, tac, tic.
Y se abrazan sus brazos en su abrazo imaginario.
Y se rozan sus lenguas en su beso letárgico.
Y se confunden sus pasos al final del pasillo del futuro, que algún día será pasado, donde el silencio no cabe.
Frida aguarda a que anochezca envuelta en llamas, para que el frío no la encuentre en cueros y le constipe la ilusión. Y acaricia sus pechos mientras conversa con Diosa Luna, que también se acaricia por encima del camisón de tul que Chavela le borda cada madrugada.
Y sólo el astro sabe entonces de la delicia que lo tangente desconoce.
Porque únicamente el amor penetra.
O muda o muere.
Y no hay que hacerlo mudar ni que dejarlo morir.
Aunque escueza.
Ay, pero eso sí, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele, que vuele ... ... ... ... !
Larga vida!