Cuando la fiesta acabó, quedó apenas el gusto áspero del polvo en la garganta a juego con las arcadas en la boca del estómago. Calle arriba se perfilaban con destreza las sombras de los coches y los autobuses avanzando en lenta procesión, y echó a caminar entre la multitud impersonal que atestaba el viejo callejón de su calle favorita. Se pregunta ahora por qué demonios no cogió un taxi cuando pudo. Cuando aún estaba a tiempo de salvarse.
El sonido casi metálico de sus tacones resonaba sobre el pavimento humedecido a medida que avanzaba. Tipos vestidos de verde barriendo las calles, chinos oportunistas que ofrecían bocadillos de jamón reseso a precios de oro, borrachos sin dirección ni ganas de encontrarla, aceras repletas de basura colapsando los pasos de cebra, putas de maquillaje corrido venidas a menos, figuras inanimadas que parecían cobrar vida a la luz de las farolas que todo lo ven.
Él la había besado apenas unos minutos atrás, mientras aguardaba en la cola del baño, decidida a beberse de un trago la copa y la noche antes de largarse a casa tan rápido como le alcanzasen las piernas. Un beso de crujido limpio. Un beso de hoja seca a punto de romperse en los dientes. Un beso con sabor a nada, con olor a nada, con color a nada. Un beso que no besa pero muerde. Un beso aristotélico, que no platónico.
Cuando por fin pudo zafarse del gañán y de sus labios de almeja, se encerró en el baño y lloró. Sentada a duras penas sobre la taza sucia, haciendo malabarismos para no perder el equilibrio entre aquellas cuatro paredes repletas de citas obscenas, números de teléfono y símbolos fálicos, lloró. Y cuando consiguió incorporarse con dificultad de rinoceronte, envuelta en sonidos de cocaína que se esnifa en el cubículo contiguo, seguía llorando. No se despidió de nadie. Cogió el bolso y huyó de aquel pretendido lugar de moda atestado de gente cool y cerebros a dieta.
Iba escuchando aquella canción que años antes ÉL le había mostrado en una noche de pasión sin precedentes, muy al principio de llegar siquiera a comprometerse, cuando aún no se habían cansado de sus nombres y sus piernas y sus sueños tan diferentes, y sus miedos. Aquella vieja canción de la Velvet que no pudo volver a escuchar durante algún tiempo (If you close the door, the night could last forever, la, la, la) y que ahora la resguardaba del viento frío que precedía al amanecer. Cuatro calles, sólo cuatro calles y habría llegado por fin a casa.
Nunca le había asustado caminar sola a aquellas horas de la madrugada en que los lobos aullarían si campasen a sus anchas por la ciudad. No temía a la oscuridad ni al silencio, y tampoco le amedrantaban las miradas sucias de los hombres sucios y los adolescentes excitados, pero un pellizco helado recorrió de pronto su espina dorsal entumeciéndole los riñones y la cabeza.
Sólo le asustaban los fantasmas. Aquellos seres de mirada perdida que nos recuerdan el peso exacto de nuestros sueños al romperse y nos trasladan de pronto al punto ya borroso de nuestra propia historia en que fuimos felices. O casi.
Le había visto. Estaba segura. Era ÉL. Con el pelo algo más largo y bastante más delgado, pero con su misma voz y su boca tan magnífica, fumando un cigarrillo con despreocupación mientras hablaba con una chica de medidas perfectas y sonrisa de diosa de marca dentífrica.
All the people are dancing and they're having such fun, I wish it could happen to me. But if you close the door, I´ll never have to see the day again, la, la,la.
Y volvió a verte.
Por qué demonios no habría cogido un taxi cuando pudo! Cuando aún estaba a tiempo de salvarse.

2 comentarios:
siempre hay una fiesta y un encuentro y hay que sobrevivir.
y no sólo eso, hay que sonreír. antes de que se acabe el mundo.
Seguramente no cogió un taxi porque sabía que nada podría salvarla..ni aunque apareciera el mismísimo Robert Downey Jr. calvando en un hermoso corcel blanco (blanco de cocaína..) nada la salvaría. Nada, excepto ella.
:)
Everyday I love you less and less..
Publicar un comentario en la entrada