lunes, octubre 22, 2007


Tiempo rosa bullendo sobre aceras verdes. Cortinas naranjas en paredes azules. Miradas violeta de dilatada pupila amarilla. Charcos, charcas, color blanco.
Me rodeo de color por las noches, justo antes de conciliar el sueño. Al despertar, cuando el el sol comienza a hacer acto de presencia a través de las cortinas de gasa. En el instante justo en que nace el crepúsculo, cuando la ciudad aparece envuelta en llamas. Al calor de la lluvia que empapa, pero no moja.
Me tiño de ganas cada rincón que nadie me ha palpado todavía. Lacero con paciencia de brontosaurio la gama cromática de mi emoción. De cada una de mis minúsculas emociones. Ínfimas. Imperceptibles a los ojos de los que vieron, mas no miraron.
Y se suceden los segundos a pequeñísimos golpes de cuerda. Y escucho voces que hasta ahora no reconocía. Y distingo siluetas que destacan entre la marabunta displicente que murmura por las calles y atasca los andenes y abarrota los teatros.
El vacío está más lleno que el centro de Londres en hora punta. La soledad no existe desde el momento en que comprendemos que fuimos irremediablemente condenados a estar siempre con nosotros. El poder es la falacia triste de los que nunca ganaron algo que temiesen perder. La realidad es mentira: Un puzzle construido al antojo de las necesidades ajenas. De las propias, en el mejor de los casos.
Pero quedan el ansia, la incertidumbre, la esperanza, las hojas en blanco, el recuerdo.
Tú. Yo. Todos los demás.
El silencio.
Olvidamos que en boca cerrada no entran moscas.
Pero, ay!, tampoco lenguas.