
Cuando el reloj se paró, apenas había comenzado a atardecer.
Me resguardaba del frío y los nervios bajo mi viejo chaquetón azul, tratando de ocultar el requiebro de la voz y el temblor de las manos.
El ascensor del edificio se me antojó una noria, y apenas podía dejar de resoplar cada vez que, de reojo, atisbaba a topar con la imagen de ti reflejada en el espejo.
El paseo se produjo sin grandes acontecimientos, ensimismado como estaba en observarte a escondidas, mientras la manta de cielo gris plomizo amenazaba con llovernos de sopetón, sin demora.
No sospechaba entonces que azar y destino, en caso de que no sean la misma cosa, habían comenzado a tejer hilos invisibles de tus ojos a los míos, de mis manos a tu boca.
El viejo parque se convirtió en bosque animado, y el estanque comenzó a emanar un extraño olor a brisa marina sin que nos diésemos cuenta.
Ahora te recuerdo apoyado en la barandilla, sonriendo maliciosamente, con ese aire despistado que tanto te caracteriza, acercándote con sigilo de gacela, pero sin llegar a tocarme todavía.
A pocos milímetros de mi respiración entrecortada.
Continuamos transitando el viejo camino de baldosas amarillas hasta que por fin nos detuvimos.
La mesa verde, las sillas verdes, el viento levantando la falda a las pocas hojas verdes que Madrid conserva en esta época del año.
Hablabas sin descanso mientras apurábamos el café que nos daría de beber.
La vuelta a casa se hizo más corta saltando de nube en nube, mientras el perro se enredaba entre las piernas, eufórico en su ansia de calle.
El último cigarro, venga ...
Bastaba con alargar el brazo para pellizcarte la mejilla.
Empezaba la cuenta atrás.
Se me había secado la garganta.
Los segundos avanzaban.
La despedida, cada vez más próxima, dibujaba tonos azules en tus labios.
Silencio de olas.
Fue entonces cuando te besé.
Por fin.
El reloj retomó la marcha de pronto.
Había comenzado a anochecer, apenas.
Aunque eso ya es otra historia.
TO BE CONTINUED ...