
Llovía a mares.
Por dentro y por fuera.
Tu sonrisa me devolvió el calor que escapaba por la ventanilla abierta.
Sabía que se haría tarde muy temprano.
Y asistí con desconcierto al milagro de tu pelo revolviéndose.
Te observaba desde lejos.
A escondidas.
Mientras mencionabas con despreocupación el estado de la ciudad embarazada de obras, puentes provisionales y desvíos improvisados.
El caos hecho orden transitorio, pensé.
A imagen y semejanza de mí.
Te sorprendió el verde de la Pradera a fines de Abril.
Y cuando el cementerio iba quedando a nuestra espalda, con sus vallas oxidadas y sus cipreses tartamudos, ya me sentía como en un relato de Byron, o de Bécquer.
La misma visión que un poema de Rosalía.
Y de no haber sido por tus manos de colores, habría decidido quedarme a vivir sobre aquél césped inmaculado.
Cuando por fin llegamos, ya había decidido derribar la pared que tanto comenzaba a importunar.
Sólo un cuerpo que grita.
La escalera que daba al pequeño despacho oval hizo a las veces de sofá, taburete y mesa supletoria.
Aparcamos en los últimos escalones las cazadoras y las palabras.
Y el recinto se quedó en silencio.
Un segundo.
Dos.
Y un piano que llora.
Comencé entonces a repasar tu silueta con cautela, atento como estabas a la voz que nacía de entre los susurros.
Cerré los ojos y fingí que te amaba.
De nuevo el cosquilleo.
Al tercer tema, ya imaginaba tu cepillo de dientes junto al mío los Domingos por la mañana.
Olvidaba comentar que los niños somos así de absurdos.
Transitamos por el descampado baldío entre el sueño y la realidad.
Estado de vigilia permanente.
De perenne desconcierto.
De sorpresa continua.
La voz arrastrada seguía musicando mi vida sin alteración.
Ajena a su influencia.
A la gravedad con que traspasaba mi órbita.
Intenté rozarte un par de veces con inusitada indiferencia, pero sostenía cristales en las manos. Polvo de estrellas de purpurina.
Y temí por tu integridad de roble.
Todo yo envuelto en dudas.
La luz del local volvió a encenderse despertando todos mis miedos.
El gentío comenzó a bociferar.
La cola para abandonar la sala creció por momentos.
Tomaste mi cintura para apartarme de la marabunta, y bajamos las escaleras en silencio.
Seguía lloviendo a la salida.
Por dentro y por fuera.
Me escondí tras mi capucha y apuramos el camino de vuelta al coche.
Tocaste mi pierna.
Acaricié tu mano.
Habíamos llegado a casa.
Qué ha sido de ti desde entonces es un misterio.




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