
Nunca he sabido caer de pie. Me fracturo continuamente intentando mantener el equilibrio. Mis tobillos, ligeramente inclinados hacia algún lugar que no reconozco, se sostienen con precariedad de colibrí. Mi cuerpo cede al pulso de la carne, de la sangre, del asfalto. Cede. Cedo. Irremediable descenso. Ya estoy besando el suelo de nuevo.
Y lo peor es que no sabe a nada.